
La incesante lucha de las mujeres Afro
“Nos matan, nos ajustan, nos ignoran, pero seguimos en las calles”: Miles de mujeres y diversidades marcharon desde el Congreso hasta Plaza de Mayo en un 8M marcado por el ajuste feroz de Milei y el desmantelamiento de las políticas de género. Un femicidio cada 26 horas, recortes en salud y educación, y la violencia estatal contra mujeres, afrodescendientes y migrantes encendieron la furia feminista. El feminismo será antirracista o no será, advierten las pancartas. El Gobierno quiere borrar a estas mujeres, pero ellas ya son la historia.
por Melina Schweizer
Las calles de Buenos Aires vibraron. La multitud avanzó como un río que desborda sus márgenes, arrastrando el miedo, la resignación, la indiferencia. Las voces tronaron con rabia, con memoria, con la certeza de que la historia se repite sólo si quienes la padecen deciden callar. Este 8 de marzo, la ciudad volvió a llenarse de carteles y gritos. No era sólo una marcha. Era una respuesta.
La furia y la esperanza se mezclaron en un torbellino de pañuelos violetas, verdes y negros. Milei quiere borrar del mapa todo lo que suene a derechos, justicia e igualdad. Quiere que nos traguemos la mentira de que el feminismo es un capricho de burguesas con tiempo libre, que la brecha salarial es un mito, que la violencia de género es un invento. Pero el pueblo respondió como lo ha hecho desde siempre: con los cuerpos en la calle, con la certeza de que la historia la escriben quienes se niegan a ser espectadoras de su propia opresión.
Desde temprano, las calles de las inmediaciones del Congreso de la Nación fueron un hervidero. Se vieron pancartas que ardían de indignación: “Nos matan y el gobierno aplaude”, “No recorten nuestros derechos, recorten sus privilegios”. Pero en la marea de carteles, otros mensajes irrumpieron con la fuerza de lo que se ha intentado callar demasiado tiempo: “El feminismo será antirracista o no será”, “Las mujeres afro también existimos”. Porque la marcha no era sólo contra el ajuste y el desmantelamiento de derechos, sino también contra las narrativas feministas que siguen dejando afuera a las que han estado desde siempre en la primera línea de la lucha.
El Observatorio “Ahora Que Sí Nos Ven” reveló cifras que son una condena al silencio. En enero de 2025, veintinueve mujeres fueron asesinadas en el país. Un feminicidio cada 26 horas. Desde el 3 de junio de 2015, cuando el grito de Ni Una Menos estremeció al mundo, se contabiliza un total de 2745 mujeres y personas LGBTIQ+ víctimas de femicidio. Más del 60% de los casos ocurrieron en el hogar de la víctima. Más del 90% de los agresores fueron sus parejas o exparejas. Más del 20% de las víctimas había denunciado previamente a su agresor, pero el Estado no hizo nada. Los números son fríos, pero detrás de cada cifra hay nombres, hay una historia truncada, una familia que reclama justicia, una comunidad atemorizada.
Entre esos nombres, muchos fueron de mujeres racializadas, afrodescendientes, indígenas y migrantes, invisibilizadas no sólo por el sistema, sino también por los propios registros que no consideran la dimensión racial de la violencia machista. Según los resultados del último censo, 302.936 personas en Argentina se identificaron como afrodescendientes (0,7% de la población) y 1.306.730, como indígenas o descendientes de pueblos indígenas (2,9% de la población). No es casualidad que sus rostros sean mayoría entre las trabajadoras domésticas, las enfermeras, las vendedoras ambulantes, las cartoneras. La intersección entre racismo y machismo no es teoría, es hambre. Es precarización. Es violencia.
Este 8M no sólo fue un día de denuncia, fue también un recordatorio. No puede haber perspectiva de género si no ponemos bajo el lente la composición étnico-racial. La narrativa feminista no se puede permitir la ceguera blanca de hablar de “todas las mujeres” como si se tratara de una experiencia universal. Porque en la Ciudad de Buenos Aires no todas las mujeres suben al subte con la misma tranquilidad. No todas pueden caminar por Recoleta sin ser seguidas por un guardia de seguridad. No todas entran a una entrevista de trabajo sin que las miren con sospecha.
Hay feminismos que sólo ven un techo de cristal, sin darse cuenta de que para otras el problema es que ni siquiera las dejan entrar al edificio, o se quedan pegadas al piso de barro.
El ajuste económico tuvo rostro de mujer, y más aún, de mujer negra, migrante, trabajadora precarizada. Se eliminó el Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidades, reduciéndolo a una secretaría sin peso institucional. Se recortó el Programa Acompañar, dejando a muchas víctimas de violencia sin apoyo económico ni psicológico. Se dio fin a la Estrategia Nacional de Prevención del Embarazo Adolescente (ENIA), afectando el acceso a anticonceptivos gratuitos y a la educación sexual en los barrios populares. En los hospitales, las médicas denunciaban la falta de insumos. En los comedores, las cocineras populares multiplicaban el arroz y los fideos como si fueran milagrosas.
Gladys Flores, de Negras (Sí) Marronas y del Área de Género de la Comisión 8 de Noviembre, lo dice sin rodeos: “Hemos retrocedido absolutamente, como dicen algunos pueblos, nos quedamos en el último pueblo. Realmente es impresionante cómo ESTA GENTE hace todo lo posible por volver a la Edad Media. La Inquisición, en este momento, sería una etapa revolucionaria”.
Pero la violencia no es solo económica. Es simbólica. Es política. Es discursiva. Milei no solo ha recortado presupuestos, ha decidido convertir el desprecio en política de Estado. El feminismo, la diversidad, la educación pública, el movimiento de derechos humanos: todo lo que no encaje en su lógica de mercado es su enemigo. Y lo dice sin pudor, sin medias tintas, con la certeza de que el odio es rentable, de que hay una parte de la sociedad dispuesta a celebrar cada retroceso como si fuera un acto de justicia.
Rocío Jazmín Flores, de Mujeres en Publicidad, lo describe con la precisión de quien ha visto el monstruo de cerca: “Estamos en un momento de fuerte resistencia en todos nuestros derechos, desde los más básicos como humanxs, hasta los más fundamentales en términos de género. Las derechas, y en especial este Gobierno, intentan imponernos censura y retrocesos sobre nuestras conquistas. Nos enfrentamos a un contexto donde el odio hacia mujeres, personas racializadas y disidencias se ha vuelto más visible y legitimado. Ya no podemos no sostenernos entre todas y todes. Es de enorme urgencia registrar la lucha de la otredad, porque en este contexto no se trata sólo de resistir, sino de cuidarnos, de amplificar las voces de quienes intentan silenciar y de seguir construyendo comunidad frente a quienes quieren despojarnos de nuestros derechos y nuestra dignidad”.
El feminismo siempre ha sido una grieta. Entre quienes luchan y quienes prefieren mirar para otro lado. Entre quienes entienden que la justicia social no se negocia y quienes creen que las mujeres deben conformarse con lo que hay. Entre quienes saben que, sin mujeres afro, indígenas, migrantes y villeras en el centro de la lucha, no hay justicia posible.
Alejandra Egido, de Todo en Sepia y del Área de Género de la Comisión 8 de Noviembre, lo expresó con claridad: “Frente a este escenario, el desafío principal es definir estrategias efectivas para frenar este atropello y defender los derechos conquistados. El debate abierto y la organización colectiva serán claves en este camino. Este 8 de marzo, marchar fue un acto de resistencia frente al intento del Gobierno de minimizar los hechos de violencia contra las mujeres. La movilización fue una forma de reafirmar la urgencia de visibilizar y combatir esta problemática”.
Ese día no se pidió permiso. No se negoció. No se pactó. Las mujeres tomaron las calles. Y esa llama no se apagó. El 8M no fue sólo una fecha más. Fue la marca indeleble de una lucha que no piensa rendirse. Y si la historia nos ha enseñado algo, es que cuando las mujeres negras caminan, se enciende el mundo entero.