La Otra Historia de Buenos Aires

 

Segundo Libro

PARTE XXIV A

por Gabriel Luna

Los piratas, el contrabando y la Virgen de Luján

En enero de 1671, mientras el pirata Henry Morgan ponía sitio al puerto de Panamá, el gobernador Martínez Salazar intentaba controlar el contrabando en Buenos Ayres.

Tanto Panamá, en el océano Pacífico Norte, como Buenos Ayres en el Atlántico Sur, pertenecían al Virreinato del Perú, y ambos puertos eran las “puertas” de América para el Imperio español. De hecho, la “puerta” principal era Panamá. Desde allí, la ruta del Pacífico inaugurada por Pizarro en el siglo XVI llegaba a Lima -la capital del Virreinato- conectando Guayaquil y El Callao. Y por esta ruta se transfería el oro y la plata potosina, que llegaba finalmente a Sevilla.

La ruta del Atlántico Sur era estratégica. Buenos Ayres era una “puerta” de servicio sin mayor interés comercial para el Imperio, que podía servir -estando militarizada- para impedir una eventual invasión inglesa, francesa u holandesa orientada hacia las minas de Potosí, o que podría servir de puerto alternativo o de extracción, en el caso de encontrarse en el Sur otro yacimiento de metales preciosos. Ante esta determinación imperial, quedaban para los porteños tres opciones: la pobreza militar, el desarrollo de un mercado propio (como fue el de los cueros) o el contrabando.

Pero es difícil frenar el contrabando, dice Martínez Salazar. Había fracasado la Aduana de Córdoba y ahora también fracasaba la Real Audiencia, instalada en Buenos Ayres desde 1661, para evitar precisamente el comercio ilícito. “Ocurre que la Real Audiencia no puede impedir las arribadas forzosas en estas costas tan ajenas de Dios ni castigar con decomisos a tripulantes que no son los enemigos de España”, explica el gobernador Martínez Salazar. Presionados desde Lima y Sevilla, pero también preocupados por el mercado interno, Martínez Salazar y el oidor de la Real Audiencia Alonso Solorzano proponen una alternativa: “Habrá, no lejos de la Aldea, a una hora de marcha por el camino real que va hacia El Cuyo y también al Tucumán, una guardia con fortín y muralla para el registro de mercaderías y ganados. Será obligatorio su paso por la guardia y el tránsito por este camino para salir o entrar a la Aldea y sufrirán el decomiso quienes fueran por otras sendas”.[1] Deciden además que la guardia esté a orillas del río Luján, tenga muelle y un patache para el control de embarcaciones. La idea les parece adecuada porque podrán llevarla a cabo con la infantería y marinería del Fuerte de Buenos Ayres, y porque este control fluvial-terrestre evitará filtraciones y permitirá desarrollar el puerto y el mercado interno, sin dañar por el contrabando los intereses de los comerciantes de la ruta del Pacífico. Martínez Salazar y Alonso Solorzano bautizan al proyecto como La Guardia de Luján y llaman al teniente de gobernador Juan Arias de Saavedra para trabajar en su implementación.

Queda el tema en manos de Saavedra. El gobernador Salazar se aboca junto con el obispo Cristóbal Mancha a la inauguración de la catedral y a brillar en las misas y las procesiones. La iglesia tiene tres naves y una torre (sita donde está la catedral actual), y podría teñirse de rojo porque ha costado 70.000 cueros, la sangre derramada de los animales, más una parte del impuesto al vino.

En los primeros días de junio de 1671 arriba al puerto de Buenos Ayres una polacra holandesa. Su capitán Juan Goubet Rest trae noticias apremiantes. Los ingleses asolan el Caribe. El pirata Morgan ha tomado Panamá. Peligran los puertos españoles. Martínez Salazar pide precisiones. Goubet Rest informa de la toma de Portobello, de los saqueos a Maracaibo y Gibraltar (en Venezuela), informa del número de la flota pirata: 37 navíos, y de la expedición terrestre de Morgan hasta la ciudad de Panamá, cruzando la selva con más de un millar de hombres. Panamá fue sitiada, saqueada e incendiada, pese a que la defendieron tres mil españoles. La noticia aterra a Buenos Ayres.

La Real Audiencia negocia con el capitán Goubet trocar un cargamento de armas y municiones por otro de cueros (que para eso ha llegado la polacra, más allá de dar las noticias) y paga a los vecinos propietarios de los cueros en metálico. Concluida la negociación y satisfechas las partes, la polacra holandesa zarpa con los cueros y con un pedido especial a cambio del bastimento: hacer llegar a la Corte con la mayor presteza, una carta del Gobernador y un memorial del Cabildo, fechado el 12 de junio de 1671.

La carta pide refuerzos y el memorial apoya al Gobernador y replantea las estrategias conocidas. Porque una vez caído Panamá, que ha sido la “puerta” principal del Imperio, es de esperar que Buenos Ayres tome su lugar. Y tendrá entonces predominio comercial la ruta del Atlántico Sur respecto a la ruta del Pacífico (acabará el problema del contrabando), y habrá un crecimiento formidable del Río de la Plata. Hasta aquí lo bueno. Lo malo era que Buenos Ayres no estaba preparada para resistir un ataque como el de Morgan, ni siquiera la mitad de ese ataque.

El asunto desvela al gobernador Martínez Salazar hasta que una noche manda llamar a su capitán de guerra Juan Arias de Saavedra. “No haremos crecer las defensas de Buenos Ayres”, le dice mientras lo mira fijo. “Haremos crecer La Guardia de Luján”. Salazar describe un gran fuerte a orillas del río Luján con control de acceso a la Aldea, torres, murallas, corrales y zanjas. “No defenderemos Buenos Ayres en el caso de enfrentar una grande fuerza, haremos como Morgan, iremos con todas nuestras provisiones y arreos hasta el fuerte de La Guardia de Luján, allí nos acomodaremos y desde allí le daremos sitio al invasor. Que sin carnes ni harinas no podrá resistir mucho tiempo”. El enemigo aislado y sin víveres acabará marchándose, razonaba Salazar. Y eso no era todo, había una ventaja más para impulsar el proyecto: el enemigo interno, para protegerse de los malones pampeanos -que eran más frecuentes por el aumento de las vaquerías- los chacareros, los estancieros y sus ganados podrían refugiarse en el gran fuerte.

El 7 de julio de 1671 el gobernador Martínez Salazar convoca a un Cabildo Abierto y Junta de Guerra donde el capitán Arias Saavedra lee un manifiesto. Se trata de una alarma, de un llamado urgente al abandono de la vida vana, amancebada y licenciosa para tomar las armas y acudir a los trabajos, marchas y alardes necesarios de la guerra: “para servir a la reina Mariana, al rey Carlos II y para mayor bien desta república, y de nosotros todos. ¡Que Dios nos ha elegido para prosperar y derrotar al ladrón inglés!”.

El proyecto de Luján era más que militar. Consistía en un fuerte de gran extensión defendido por 300 soldados más una milicia, murallas, corrales, zanjas, torres, muelle y una estructura urbana para refugiar a 3000 personas. Se trataba en realidad de fundar otra aldea.

En agosto de 1671 gobernador Salazar examina los planos de las obras con el obispo Mancha. “Harán falta dos hornos de cal, y el trabajo de los quilmes y de 500 indios más, que traerán los jesuitas”, dice Salazar. El Obispo -de excelentes relaciones con el Gobernador a partir de la inauguración de la catedral- hace su aporte. “Y aquí construiremos un gran santuario que irradie la fe y el temor a Dios”, dice, “para que los humildes encuentren sostén y razón en su trabajo y para esta tierra sea habitada con la bendición y protección de la Virgen”.

(Continuará…)

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[1] Una hora de marcha a pie equivale en el antiguo sistema español a una legua, es decir a 5.573 metros.
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La Otra Historia de Buenos Aires. Libro II (1636 – 1737)

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